Look up and get lost

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domingo, 17 de febrero de 2013

Baile de sombras

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Pasos, se escuchan pasos. Pasos ligeros, como si entre paso y paso los pies rozasen el cielo. Caminar calmado pero decidido. Al otro extremo del pasillo, se escuchan pasos también. Pasos torpes que se han ido afirmando con el tiempo. Paso apresurado, indeciso…

Pasos que en la distancia se acercan, pasos rítmicos y acompasados sonando cada uno a su manera haciendo una melodía al andar.

Dos cuerpos atraídos por el baile, la pasión, su propio baile. Salen al jardín, un jardín precioso, lleno de las más maravillosas flores. Tan bien cuidadas que parecen eternas, permaneciendo bellas en el tiempo.

Ella se esconde en un laberinto que se encuentra en medio de dicho jardín, ni siquiera se da cuenta, sigue corriendo a su interior como si los pasos de su adversario fueran a pisar los suyos, como si la estuvieran buscando y en cierta medida es así.

Él, corre detrás, no sabe porque la está siguiendo, es algo que le llama. Algo que palpita en su interior, le quema, necesita ver su rostro, escuchar una explicación que él mismo no encuentra.

Ambos juegan al pilla-pilla sin saberlo, él la queda, va a por ella, en breves la tendrá a su alcance pues se ha perdido. Sin embargo, él conoce aquel laberinto como la palma de su mano. Ella huye porque es su deber, algo en su mente le grita “PELIGRO” pero en el fondo quiere que la alcance, que deje de seguir sus pasos y que por fin pueda desenmascarar “su miedo”.

Después de correr durante varios minutos, cae al suelo al tropezar con una leve elevación del terreno. Alza la vista y ve que ha llegado al centro del laberinto, un espacio precioso que la oscuridad de la noche y la única iluminación de la luna no le permiten apreciar con claridad. Pero aún así, ese sitio desprende algo especial.

 La mira y sonríe a pesar de que se encuentra de espaldas a él. Esa figurita envuelta en un precioso vestido  ha ido a parar a su sitio especial, su sitio preferido del jardín. Allí es donde aprendió a bailar llevado por la música que emanaba de su interior. Fue la manera en la que aprendió a conocerse a sí mismo, con la que con el tiempo se expresaba aunque nadie lo viera y ni siquiera hacía falta, pues no bailaba por enseñar lo que sabía, lo hacía simplemente porque con el tiempo se convirtió en necesidad, en su pasión.

Ella se giró rápidamente al oír el crujido de una rama, por fin se percató de que estaba ahí, aquel que le siguió como si de su sombra se tratara. En un primer momento sintió el impulso de echar a correr, de protegerse de aquel peligro que le acechaba. Pero fue entonces cuando las nubes destaparon de nuevo la luna, iluminando así sus ojos. Unos ojos tan sinceros, tan llenos de pasión, pero al mismo tiempo de incerteza, de duda, que era imposible dejar de mirarlos por querer adivinar que se escondía detrás.

Ella se levantó lentamente mientras él le tendía una mano. La cogió sin pensarlo demasiado, de lo que no se dio cuenta fue que desde que le vio los ojos por primera vez, no pudo dejar de mirarlos embobada, como enfocando con los suyos para encontrar la perspectiva correcta con la que encontraría lo que fuera que buscaba. Él se percató y sonrío divertido. Ella, al darse cuenta, le devolvió la sonrisa mientras intentaba disculparse con un gesto, intentando no parecer una lunática. Lo consiguió.

Empezaron una conversación ligera, sin silencios molestos, ni palabras o frases forzadas, conversaban como si ya se conocieran de antes. Habían conectado y en poco tiempo habían descubierto su respectiva pasión por el baile. No el baile en sí, no una palabra vacía, ni una acción repetida una y mil veces sin sentido, no. El baile en sentido pleno, con sus horas de dedicación, la pasión que uno le pone, el ser parte de sus vidas, el sentimiento. Esto era lo que marcaba la diferencia, el sentimiento. No era bailar por bailar era bailar sintiendo, poniendo parte del alma, bailar con los cinco sentidos.

Cuanto más se miraban, más se percataban de que en los ojos de su compañero se reflejaba la misma chispa que emanaban los propios. Algo que venía de allá dentro, algo palpitante que quería salir y mostrarse, algo perfectamente bello…

Se pusieron en pie sin mediar palabra, él la cogió de la mano con delicada firmeza y se acomodaron el uno al otro como si estuvieran hechos para ser pareja en el baile.

De no se sabe donde surgió música, calmada y apasionada música, que hubiese conquistado hasta a los oídos más duros y desacostumbrados.

Allí estaban ellos, una bonita noche de verano, bajo una enorme luna, en medio de un laberinto de preciosas flores de dulce y delicioso olor, cogidos, dejando fluir sus sentidos. Sacando sus miedos, sus alegrías, su dolor, su pasión, haciendo de todo ello, de sí mismos, un solo ser. En un movimiento perfecto, acompasado y rítmico,  totalmente perfecto por la pasión y el sentimiento, por sentir cada paso y movimiento. Por ser consciente de lo inconsciente, por no saber si reír o llorar acabando en un llanto de felicidad.

Dan vueltas y más vueltas sobre sí mismos, haciendo del mundo un borrón, algo distorsionado, secundario. Haciéndose protagonistas de todo lo que les rodea, sin darle mayor importancia. Las lágrimas riegan suavemente los pétalos de alguna flor, compartiendo la felicidad de dos seres que se han encontrado en su pasión.

Caen al suelo, mareados. Ríen y ruedan como niños, se buscan y se encuentran una y otra vez. Ella divertida escapa de sus brazos, corre por el laberinto encontrando la salida casualmente; se adentra en un mar de sábanas que alguien ha colgado detrás de la gran casa. Siguen jugando, creando sombras en las blancas sábanas, ríen e intentan imitar animales, objetos cotidianos y otras cosas mientras el otro las adivina. Cansados ya de este juego siguen corriendo como si les acabaran de insuflar vida, energía. Son inagotables.
Él es ahora el perseguido. La guía a una estancia preciosa, donde les esperan miles de velitas encendidas, delante de una cama enorme, que les invita a pasar.

Ella cuelga sobre una cuerda la sábana que ha robado del mar de sábanas del jardín, la que le ha servido de capa y protección contra el frío de la noche.

Se miran a los ojos tan profundamente que se leen el uno al otro, se entienden y sin mediar palabra se apoyan. Él acerca sus labios a los suyos, le acaricia la cara, el cuello... mientras ella hace lo propio.Se desnudan sentimientos, caen impedimentos, se toman conociéndose toda una vida sin conocerse, comparten, se dejan llevar, encuentran en el otro su parte del puzle. Crean más de lo que nunca crearon y, ahora lo hacen las sombras de dos amantes en una inocente sábana blanca. 

domingo, 9 de diciembre de 2012

Te extraño...


Mi boca extraña tu boca, no solo tu boca, pero se ve necesariamente expuesta a abandonar sus sueños de conocer tu cuerpo, de besar cada centímetro de tu piel, cada lunar, cada marca que te hace único.

Mi nariz extraña ese olor tuyo que embriaga mis sentidos, que me cubre incluso cuando tú ya te has ido.

Mis ojos extrañan ver tu sonrisa, esa que tanta gracia me hace, por la que pagaría por ver todos los días.

Mis manos, ¿Qué son mis manos sin tus manos? ¿Qué son mis manos sin tu cuerpo? No son más que frías piedras sin vida, suaves al tacto pero tan muertas como lo es una escultura.

Mis dedos extrañan acariciarte, enredarse en tu ropa, hacerle una visita a tu piel, darte escalofríos, rozar tus labios y recrearse en ellos, haciendo y deshaciendo sonrisas.

Mi pecho descubierto levanta lamentos, te llama a gritos: Tú enfermedad y cura, ¿Dónde estás?

Tu sabor me acompaña, me devuelve esos momentos fugaces que el tiempo nos roba, una vez más siento como tu calor me quema, sonríes y me vuelves a besar como si fuese la última vez y no puedo más que perderme en bonitos recuerdos a la espera de volverte a ver.


viernes, 7 de diciembre de 2012

Echarte de menos

Temo echarte de menos, estar contigo y echarte de menos, que el tiempo se pase volando y que vuelva a echarte de menos como si no te viera en un millón de años, pero poderte extrañar tanto como si nunca hubiésemos dejado de vernos...


domingo, 28 de octubre de 2012

En solo un momento...


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Mi cuerpo se estremece ante el frío vacío de mi interior mientras tu mano me sujeta y me expone desnuda e indefensa al mundo. 

         Y entonces, una chispa acaricia mi cuerpo debido al contacto con el tuyo, clavas tus ojos ardientes en los míos,  formando mares de agua dulce que poco a poco deshielan mi alma.

Tus brazos me cubren y tus manos atrapan cada una de esas gotitas de vida; mis labios hacen una mueca que lentamente se convierte en una bonita y sincera sonrisa, tú sonríes también. 

         Me apartas el pelo de la cara y me besas suavemente como si tuvieras miedo a hacerme daño, te abrazo con todas mis fuerzas, toda mi energía va a parar a tu cuerpo y entonces lo sientes. 

         Sientes que ya no puedes dejar marchar sin más ese cuerpo, no puedes dejar de besar esos inocentes labios, ni dejar de querer más, a ti también te ha tocado.

         Hacer sentir, compartir, proteger sin herir, pero ya es tarde, la mordedura ha rasgado mi piel quemando en ella tu huella, la que ahora lames a modo de disculpa. 

         En ese preciso momento te miro perpleja y poco a poco empiezo a entender, cala en mí la verdad, esa que llevas arrastrando durante tantos años, el peso que justifica tus actos. Pero...
 ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora? ¿Por qué así...?

Y por un  segundo te odio con todas mis fuerzas, por sentirme así, pero no puedo odiarte…

Tiempo indefinido, futuro incierto, agradable locura, dulce perversión… eternidad.

sábado, 6 de octubre de 2012

Lluvia de otoño

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Acababa de decidir que me pondría las botas marrones que tanto me gustan, me calcé y me abrigué con chaqueta y bufanda. A continuación salí a la calle con la intención de volar lejos, respirar aire puro, deshacerme de las ganas de desaparecer, de abandonarme a la nada, desahogarme...

Ojalá pudiera decir que me metí en un precioso bosque solitario de altos árboles de bonitas hojas naranjas que caían a mi paso. Cómo me encantaría poder decir que me puse a dar vueltas sobre mí misma, y que a continuación caí sobre un montoncito de hojas que se habían acumulado en el suelo haciéndolas crujir bajo mi peso.

Como también que me encontré un libro curioso que recogí con cuidado y que me senté en una butaca amarilla instalada por no se sabe que motivo en medio del bosque. Empecé a leer el libro dándome cuenta de que no era cualquier historia, era una que yo conocía muy bien, que aunque con el tiempo hubiese olvidado algunas de sus partes había dejado huella en mí.

Era el libro de mi vida, escrito con tintas de colores, con letras diferentes, marcado con todo tipo de huellas y recuerdos, tanto mías como de todos aquellos que en algún momento formaron parte de dicha historia por breve que fuera su estancia.

Darme cuenta de todo lo que olvido a veces cuando es momento de recordar, para no volver a cometer el mismo fallo y ya no por mí, sino por los demás...

Sonreír por todo aquello maravilloso y no tanto que he vivido, simplemente por haberlo hecho; Alegrarme por la gente que he conocido y sobre todo por aquella que vale la pena; Recapacitar sobre qué falló con todos aquellos que una vez se fueron, aunque puede que sea tan sencillo como que ya cumplieron su parte en mi historia y yo en la suya...

Y con la inmensa alegría que me invade, notar como queman las lágrimas que quieren salir, sin motivo aparente. La alegría, la tristeza, la melancolía, lo que no fue, lo que podría haber sido, y lo que podría haber sido diferente, todo esto se entremezcla formando un nudo en el estómago que atenaza hasta la garganta.

Y era por eso mismo por lo que había decidido salir de casa a tomar el aire, me estaba ahogando en un pasado que pasó, algo que no tiene sentido volver a mirar si no es en una mirada fugaz, pues es peligroso.

Sí, necesitaba respirar, pero no solo eso, sino alguien que me acogiera en sus brazos sin hacer preguntas, sin juzgarme ni criticarme en ningún sentido, sin esperar nada de mí y sin que yo me esperara nada de él, ni siquiera alguien que me entendiera, si no que escuchara los susurros desesperados que nunca llegué a pronunciar, cada palabra y sentimiento roto como cada uno de las palabras y sentimientos encontrados.

Dejé el ''libro'' sobre mi regazo, cerré los ojos y me recliné hacia atrás apoyándome en el respaldo, elevé la cabeza un poco y aspiré profundamente.

De repente sentí el abrazo caluroso y acogedor que tanto necesitaba, sin palabras ni explicaciones, simplemente lo sentí, no puedo decir que alguien me lo proporcionara pero lo sentí, estaba ahí sentada abrazada al abrazo que nunca me pude dar, sintiéndome bien. Ya no hacía falta fingir ni esconderse.

Entonces, una gota cayó sobre el libro abierto y a continuación otra y otra, cada vez más grandes. Y así la tinta corrió sin control llenando las hojas de colores, pegándolas entre sí, y haciendo desaparecer todo lo que ponía en ellas.
Y ahora, ya no queda nada, ya nada tiene sentido, ninguna de las frases ni palabras que habían sido escritas en su día.

Y entonces miré hacia arriba y sonreí lloviendo, el cielo llovía conmigo, calmando el calor que anidaba en la tierra y apagando las llamas que anidaban en mí; dejando correr todo lo malo, borrando el pasado e incluso el presente, pero no lo suficiente como para vivir en futuro.

Si tan solo pudiera decir que era cierto, que me me levanté, tiré el libro a mi paso y cayó en un charco de barro, que me daba igual, por que la historia no se pierde, se tiene en cuenta, pero no se vive de ella, si no que se hace cada día una nueva página que mañana ya será pasado y habrá que seguir adelante sin dejar de escribir aunque no sea la mejor historia del mundo.

Pero no, nada de esto pasó, ni siquiera me llegué a poner las botas que siguen guardadas en su caja.
Simplemente miré por la ventana, me compadecí del cielo y llovimos juntos escuchándonos sin hablar.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Un bosque mágico


Respirar forzoso, paisaje borroso, el eco de los latidos de un corazón acelerado retumbando en sus oídos, el crujido de las ramitas que va rompiendo a su paso.  Pelo largo, dorado y suelto ondeando en un vaivén debido a la velocidad.Pesadas gotas de sudor resbalan por su frente hasta encontrarse con las de sus ojos, que caen en un llanto silencioso hasta estrellarse con el suelo terroso por el que corre sin detenerse.

Después de lo que parece una eternidad avista un claro en medio del bosque, pero justo antes de llegar a él, tropieza con las raíces ensortijadas de un precioso árbol milenario cuya belleza fascina a todo aquel que lo encuentra, pero ella cegada por el dolor y el llanto, no lo ve.

Se levanta lentamente, todo le da vueltas; en cuanto a heridas solo tiene una pequeña magulladura en la rodilla y le duelen las manos por intentar frenar la caída.

Es entonces cuando se da cuenta de que no tiene ni idea de a donde le han llevado sus pies en su rápida huida. Está perdida, pero no le preocupa, pues se siente segura bajo aquel árbol en el que se acaba de fijar, el mismo que ha producido que su caída.

Sus ojos no pueden dejar de observarlo maravillados. Cada una de sus enormes ramas es diferente a la anterior, nunca ha visto nada igual. Bajo aquel árbol todo parece ser mágico e irreal. Hasta ha llegado a imaginar que encima de él viven seres fantásticos, que dotan de belleza no solo al árbol, sino también al lugar salido de un cuento de hadas, como los que le contaban de pequeña.
 Sus lágrimas se han secado como por arte de magia y ya ni siquiera recuerda porque lloraba, y tampoco le da importancia.

Opta por relajarse y tumbarse debajo de él arropada por las grandes y duras raíces que se le clavan en la espalda, pero le da igual, eso no es importante ahora.

Cierra los ojos y aspira el dulce olor a lluvia de tormenta de verano, cosa que le impacta porque no ha llovido en todo el día, pero aún así deja libre ese pensamiento que acaba entremezclándose con todos los demás.

Es todo tan maravilloso que pasan horas y horas antes de darse cuenta de que está atardeciendo.
Si no fuera por un ruido casi imperceptible que la ha puesto de súbito en alerta, hubiese permanecido días tirada ahí, sin dar señales de vida.

Abre los ojos y allí está él, un chico misterioso que le resulta familiar. Intenta hacer memoria pero no se acuerda de la ocasión en que lo podría haber conocido puesto que jamás lo ha visto.
Este le coge de la mano con total confianza y la ayuda a levantarse sin mediar palabra, pero sus rasgos son tan amables que ella ni siquiera se para a pensar en el hecho.

Una vez de pie, aprovecha que él se ha girado un momento para observarlo con mayor atención, y sí, le suena, está claro que le suena, pero no consigue recordar, le es imposible.

De repente él se da la vuelta, en un movimiento tan veloz que ella no tiene tiempo a apartar la vista, cruzándose así sus miradas, clavando él sus brillantes y penetrantes ojos grises en los suyos.

Ella se siente desfallecer, esos ojos, esa mirada que le ha desnudado el alma, no es posible… no puede ser él, pero en el fondo sabe que no hay ninguna duda. El mundo comienza a darle vueltas y está a punto de caer, si no fuera porque él la sujeta fuertemente del brazo y en un movimiento instintivo la atrae hacia sí.

Envuelta en ese abrazo fugaz ha tenido el tiempo y la cercanía justas para oler su piel, dulce olor inolvidable, que despierta su ser invadiéndole un anhelante deseo de pasión.

Suavemente la aparta de sí reteniéndole por las muñecas y la mira directamente a los ojos, ella cohibida se aparta un poco, pero sabe que no puede luchar contra ello, ya no, la fuerza de atracción es demasiado fuerte como para soportarla sin caer en la tentación.

Le tiemblan las piernas, siente el palpitar de su sexo bajo el vestido que ha decidido ponerse esta mañana. El corazón le late a mil por hora y en un imperceptible minuto la preocupación viene a su mente, seguro que él lo oye, oye su corazón a punto de salírsele del pecho, acelerado.

Son solo imaginaciones suyas, pero hay cosas evidentes que no pasan desapercibidas como su turbación o grado de excitación. Su cuerpo y su mirada lo revelan todo, tiene las pupilas dilatadas y no es precisamente por la oscuridad…

Se aleja un poco, pensando en marchar, en no dejarse caer. Intenta resistirse, por lo menos mostrarse fuerte, pero no puede, su subconsciente lo ha decidido y la lentitud de sus pasos la traicionan.

Siente unas manos firmes asiéndole la cintura, que le atraen hacía un cuerpo fuerte y firme. Manos que no tardan en resbalar acariciando su cuerpo liberándolo de todo aquello que pudiera esconder su desnudez, acompañándose de suaves besos ascendentes por el cuello hasta convertirse en dulces susurros de ardiente deseo, de esos que te hacen perder el ánima.

Las manos de él la recorren lenta pero intensamente, proporcionándole el placer del roce de la caricia perfecta en el momento adecuado. Pronto ansía más y no conformándose con sus manos la explora también con la boca, haciéndola desfallecer de placer.

Las caricias regaladas y las ganas de explorar son mutuas, jugando así  a complacerse recíprocamente.
Las ganas de saborear al otro se transforman en el deseo irrefrenable de tomarse como si fuera la primera y última vez.

Sus ropas están esparcidas por el suelo, dibujando la escena perfecta bajo la luna que ha empezado a asomar con su sonrisita pícara para velar por los amantes, que ya extenuados yacen abrazados bajo aquel mar de hojas que ahora caen en un silencioso vals.

La noche es mágica, las estrellas ofrecen un maravilloso titilar y de no se sabe donde emerge el sonido de un apasionado violín solitario. Cuyas notas no son más que la interpretación de la pasión de dos seres que al fin se han encontrado.

No importa el tiempo ahora, ni los problemas, no importa nada, solo ellos y su canción.


domingo, 16 de septiembre de 2012

La música del corazón


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Las notas del piano suenan en toda la estancia relajando a un cuerpo confuso, insuflándole vida, la que parece habersele escapado en un suspiro.

No hay nada que pueda decir, son tantas cosas que siente pelearse por dentro y tan pocas palabras para expresarlo todo...
En su interior se está librando una tormentosa batalla que imposibilita la calma. 
Dicen que después de la tempestad viene la calma, y así es, pero nadie especificó cuanto tiempo dura eso. 

Y así con el ir y venir de escalas interminables va dejándose llevar por la nada. 
Ahora son su manos las que hablan, cada nota es un pedacito de ese nuevo sentimiento que le corroe por dentro, aquel que le hace un ser frágil y humano, que lo lleva a los más alto para después hundirle en lo más profundo y oscuro de su ser para resurgir con más fuerza y para caer desde una altura mayor cada vez.

La estancia se vuelve luz, es él el iluminado, es la pasión con la que expresa su dicha y su desgracia a partes iguales, es el sentimiento que le abraza el que ilumina ahora la sala, todo aquello que tiene para dar y sin embargo tiene miedo a salir para ser compartido por miedo a ser dañado por ello.

Este es el motivo por el que no sabe si reír o llorar, lo que acaba dejando de ser una duda pues sus labios se despegan susurrando lo que su alma quisiera gritar y por sus ojos resbalan dos ríos destelleantes de emoción entremezclándose y acabando por ser los versos más bonitos y tristes oídos jamás sin ser desvelados al mundo audible de la ignorancia y el desinterés.

La composición improvisada va elevándose en un crescendo que conmovería a los corazones más duros transmitiéndoles exactamente el mismo sentimiento que el pianista siente, pero no es escuchado más que por viejos muebles y amplias paredes que le devuelven el eco de su solitud, de su muerte en vida.

Exhausto va aflojando el ritmo de sus dedos y el corazón deja lentamente de latirle desbocado, hasta sumirse todo en un silencio sepulcral.

Con el tiempo la luz se va apagando, las velas crepitantes se van consumiendo poco a poco hasta dejarle sumido en completa oscuridad, sin distinguirse con la oscuridad de la noche, pues ahora es todo uno.